Vivir en comunidad o compartir vivienda ha dejado de ser visto como un experimento social para entrar en la esfera central de la oferta residencial global. Desde el co-living hasta formatos multigeneracionales, esta forma de habitar evoluciona, por un lado, como respuesta a la escasez de vivienda asequible y, por otro, como reconfiguración de lo que entendemos por independencia y hogar.

A pesar de que vivir solo se está volviendo cada vez más popular (Fuente: The New Habitat 26/27), la accesibilidad se está reduciendo rápidamente. En muchos mercados, el precio de la vivienda se ha desvinculado de la capacidad adquisitiva de los hogares. En Reino Unido, el precio medio de una vivienda alcanzó 7,3 veces el salario medio anual, el nivel de menor asequibilidad registrado hasta la fecha (Fuente: Lloyds Banking Group). Este contexto obliga a replantear los modelos tradicionales de vida doméstica: compartir vivienda deja de ser una fase temporal asociada a la juventud para convertirse en una estrategia económica adoptada por adultos, profesionales y familias. En ciudades como Nueva York o Miami, incluso alquilar un pequeño estudio puede requerir compartir gastos con otra persona debido al rápido aumento de los precios del alquiler (Fuente: Zillow).
La presión económica también está transformando trayectorias vitales y la estructura de los hogares. Cada vez más jóvenes adultos regresan al hogar familiar ante la imposibilidad de independizarse: 1 de cada 3 personas en Estados Unidos de entre 18 y 34 años vive con sus padres (Fuente: United States Census Bureau, diciembre de 2025), mientras que el 23 % de los padres británicos afirma haber visto volver a casa a sus hijos adultos, con una edad media de 26 años para estos llamados boomerang kids (Fuente: Yonder Consulting/NatWest). Al mismo tiempo, el envejecimiento de la población está generando nuevas necesidades de cuidado y convivencia: en Reino Unido se prevé que 2,6 millones de personas tendrán 85 años o más en 2039 (Fuente: Office for National Statistics), y muchas familias se ven obligadas a integrar nuevamente a los mayores en el hogar. Este doble movimiento —jóvenes que regresan y padres que envejecen— impulsa el crecimiento de hogares multigeneracionales. En Estados Unidos, uno de cada cuatro propietarios ya vive en viviendas multigeneracionales, y el 25 % de los compradores busca propiedades diseñadas para varias generaciones bajo un mismo techo (Fuente: State of Home Spending Report 2024, Agni).
Por último, también están cambiando las bases sociales de la convivencia. El matrimonio o la pareja romántica ya no son el marco predominante para construir hogar y pertenencia (Fuente: The New Habitat 26/27). A medida que crecen fenómenos como el LAT (Living Apart Together) o las redes de amistad elegida, emergen nuevas formas de vida compartida basadas en afinidad, colaboración y cuidado mutuo. De estas presiones económicas, demográficas y culturales emerge un nuevo mercado de vivienda comunitaria que abarca desde hogares multigeneracionales hasta modelos de compra compartida entre amigos o estructuras domésticas alternativas donde la conexión y el apoyo mutuo son la base de la vida cotidiana.

«El valor de estos espacios compartidos no es solo funcional, sino social: permiten que los vecinos se encuentren, colaboren y construyan comunidad más allá de la vivienda propia».
Saúl Castellanos, AEDAS Homes

Para responder a estos cambios sociales, arquitectos y diseñadores ya no pueden limitarse a diseñar únicamente para el individuo aislado, sino para diferentes niveles de sociabilidad. A partir de ahora, los espacios comunes no son meros añadidos, sino también núcleos de identidad: cocinas colectivas, jardines compartidos, salas de encuentro y zonas de coworking. Estas configuraciones reorientan la vivienda hacia la interacción, el intercambio y la creación de redes dentro del mismo entorno físico.
La sociabilidad se convierte así en un elemento de diseño al mismo nivel que la funcionalidad espacial. Las dinámicas comunitarias —eventos, comidas compartidas, deportes en equipo, programas de bienestar y actividades culturales— son parte integral del valor residencial y, por ende, del diseño del entorno. Esto implica repensar flujos, jerarquías espaciales y conexiones entre lo privado y lo compartido, integrando a la vez dimensión estética y estructura social.
Este tipo de viviendas redefine la noción de comunidad en el contexto urbano contemporáneo. La convivencia deja de ser retórica y se convierte en práctica estructurada, con implicaciones profundas en cómo se experimenta el día a día: cómo se forma identidad, cómo se construyen redes de apoyo, cómo se negocia el espacio y cómo se genera sentido de pertenencia. En un momento donde la sociedad atraviesa una marcada atomización social, la expansión de soluciones convivenciales representa una respuesta que es, al mismo tiempo, práctica y profundamente humana.
La cocina se amplía más allá de su función doméstica y funciona como infraestructura comunitaria. Cocinas amplias, mesas comunales o espacios para cocinar juntos facilitan rituales cotidianos de convivencia que refuerzan la cohesión entre residentes.
Amigos que comparten vivienda, familias multigeneracionales, personas que entran o salen del hogar… Cada situación requiere espacios específicos, como habitaciones modulables, unidades independientes dentro de la vivienda o configuraciones que permitan dividir o ampliar espacios sin grandes reformas.
Lavanderías comunes, talleres, cocinas colectivas, salas de coworking o almacenes compartidos reducen costes individuales y refuerzan la lógica colaborativa del hogar.
Espacios como patios, jardines comunes, salas de juego, gimnasios o zonas de descanso fomentan encuentros espontáneos. Estos lugares funcionan como plazas domésticas donde se construye la vida comunitaria.
El diseño debe contemplar la convivencia entre generaciones y situaciones de dependencia. Habitaciones accesibles, unidades independientes para mayores, espacios donde puedan convivir niños y adultos o áreas para cuidado compartido permiten integrar redes informales de apoyo dentro del hogar.
La Three Person Bed, diseñada por Gustaf Westman en colaboración con Feeld, replantea el mobiliario doméstico desde nuevas formas de relación y convivencia. Con su diseño amplio y orgánico, la pieza cuestiona el modelo tradicional de la cama para parejas y propone un espacio más flexible que refleja la diversidad de vínculos y configuraciones afectivas contemporáneas.
Cohabs es una moderna comunidad de convivencia que ofrece elegantes viviendas compartidas con todo incluido para personas que buscan conexiones significativas, Bruselas, Bélgica.

Kamakura Studio (Japón) diseñó la planta baja del proyecto House F como «un espacio donde los vecinos puedan pasar casualmente», con el objetivo de fomentar las relaciones dentro de la comunidad.
Project name: HOUSE F. Architect/Design: Kamakura Studio Co., Ltd.Photographer: Koji Fujii (TOREAL).
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